El Magdalena Medio despierta distinto. Donde antes se escuchaban disparos y rumores de guerra, hoy resuenan machetes abriendo surcos y voces campesinas que celebran la cosecha. En 2025, 3.040 hectáreas que durante décadas sirvieron al paramilitarismo fueron entregadas a familias que ahora siembran futuro.
En el predio “Los Limones”, 590 hectáreas se transforman cada día gracias al trabajo colectivo de 26 familias de la Asociación Isla Jardín, en Puerto Boyacá. “Iniciamos con la ilusión de siempre tener tierra. Hoy estamos aquí gracias a la Reforma Agraria y a esa oportunidad que nos dieron”, afirma Sandra Patricia Isaza, con la convicción de quien esperó toda una vida por un pedazo de tierra propia.
El camino hasta allí no es fácil: tres o cuatro horas de trayecto entre barro y charcos. Pero al llegar, la escena cambia. Marinela Hernández muestra con orgullo las ocho hectáreas que cultiva: arroz, yuca, plátano, ahuyama. “El fruto de ese esfuerzo lo tenemos aquí… todo lo tenemos aquí”, dice mientras sus manos curtidas reflejan jornadas largas y dignidad intacta.
Hace apenas siete meses comenzaron desde cero. No había cultivos ni infraestructura, solo la certeza de que esta vez la tierra sería propia. Se turnan cada tres días para cuidar lo sembrado, levantaron una pequeña casa con sus propias manos y convirtieron la organización en su mayor motor. Cada surco abonado es una promesa para sus hijos.La tierra ha respondido. Los productos ya abastecen mercados campesinos y ferias locales, dinamizando la economía y devolviendo esperanza a una región golpeada por el despojo. En la Hacienda “La Fe”, 57 familias también inician una nueva etapa sobre tierras que décadas atrás estuvieron vinculadas al entrenamiento paramilitar. Lo que fue escenario de guerra comienza a resignificarse como territorio de vida.
La recuperación de estas hectáreas fue posible gracias al trabajo articulado entre la Agencia Nacional de Tierras, la Sociedad de Activos Especiales y el Fondo de Reparación de las Víctimas. Pero más allá de las cifras, lo que germina en Puerto Boyacá es la certeza de que la tierra puede reparar lo que la violencia fracturó.
Donde antes hubo miedo, hoy crece alimento. Y en cada cosecha, estas familias campesinas están sembrando país.

